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Eladia Blázquez

sábado, 18 de mayo de 2013

Pianista, guitarrista, compositora, autora, cantante (24 de febrero de 1931 - 31 de agosto de 2005)

Nadie logró, como Eladia Blázquez, crear tangos con letra de tanto éxito -y en algunos casos aislados de tanta calidad- desde fines de la década del 1960, cuando la popularidad del género había caído en la Argentina a sus mínimos históricos.

Sólo pueden comparársele algunos títulos del binomio Astor Piazzolla-Horacio Ferrer. Ella creó un tango canción verdaderamente nuevo, aunque sobre moldes no vanguardistas, con su rara habilidad para combinar notas y palabras. Con una temática nueva y un lenguaje actualizado impactó en un público amplio, no necesariamente tanguero.

Los tradicionalistas la recibieron fríamente, aunque sin la agresividad que reservaron para otras propuestas más heterodoxas. Era frecuente que se la apodara "la Discepolo con faldas", pero esa comparación con Enrique Santos Discepolo (el autor de "Yira yira" y "Cambalache") es realmente excesiva. Aunque Blázquez suela ser crítica, incisiva y escéptica, sus versos no tienen -salvo en algunos destellos- la profundidad, la riqueza de imágenes ni la poesía de los del autor de "Canción desesperada".

Dentro de la irregular calidad de sus piezas, ella cae por momentos en una exaltación desmedida y retórica de Buenos Aires, que soslaya la deteriorada calidad de vida en esa gran urbe de crecimiento desordenado, poluída y en algunos sectores caótica. Otro rasgo desdeñable de su creación es el nacionalismo hueco que por momentos profesa.

Un ejemplo de ello puede hallarse en el tango "Convencernos", que escribió junto a Chico Novarro, lanzado en 1976, cuando la Argentina comenzaba a sufrir la dictadura militar más sangrienta de su historia. La letra propone "Y ser al menos una vez nosotros, sin ese tinte de un color de otros, recuperar la identidad, plantarnos en los pies, crecer hasta lograr la madurez, y ser al menos una vez nosotros, bien nosotros, tan nosotros ¡como debe ser!" Quizá sin proponérselo, Eladia nos ofrece con esta composición, vista a la distancia, una buena muestra de la desfiguración de las ideas imperantes por entonces. Blázquez fue recorriendo a través de su vida de artista diversos caminos, según fueran las circunstancias, buscando un lugar para su empuje creador.

De muy niña triunfó cantando el repertorio popular español, determinada por el origen de sus padres. Los inmigrantes españoles formaban un público enorme, y Buenos Aires pasaba a ser la mayor ciudad gallega del mundo, con más habitantes nacidos en Galicia que La Coruña, capital de esa región hispana. El folklore argentino, luego el bolero, más tarde el tango y por fin la balada fueron sucediéndose en su labor. De 1970 es su primer disco LP dedicado al tango, donde canta sus propias obras.

En los dos años previos había perdido sucesivamente a su madre y a su padre. En esa placa histórica incluye el excelente "Sueño de barrilete" (así se llama en la Argentina a la cometa), que en realidad había compuesto en 1959 y dado a conocer recién en 1968. Con un magistral engarce entre la melodía y los versos, presenta a un personaje frustrado, que no alcanzó la altura de su ideal.

En ese mismo álbum figuran otros de los mejores tangos que jamás compondría Eladia, como "Contáme una historia" y "Sin piel", además de "Mi ciudad y mi gente", que ganó el Festival de la Canción de Buenos Aires de 1970. Después de "El precio de vencer", uno de sus temas más cuestionadores, que grabó en 1973, año en que en la Argentina predominaban las ideas políticas radicalizadas, sobresale nítidamente como su tango más popular "El corazón al sur", que registró en 1976. Blázquez había nacido en Avellaneda, ciudad lindante con Buenos Aires por el sur de ésta.

Ese punto cardinal equivale para los porteños a pobre y popular. De hecho, el éxito le permitió a esta artista habitar en el Barrio Norte, en uno de los sitios más caros de Buenos Aires, pero con ese tango vino a decir que su corazón había permanecido del otro lado.

Norberto Aroldi


Poeta, guionista y actor (12 de agosto de 1931 – 19 de marzo de 1978) Nombre completo: Norberto Luis Aroldi 

En este año 2008, se cumplen treinta años de la muerte de Norberto Aroldi y pareciera, como escribió Alfredo Le Pera, que es un soplo la vida y, en este caso, treinta años no es nada. La de Aroldi se cortó cuando contaba 47 años. 

Este flaco discepoliano no perteneció a esa pléyade de poetas y bohemios que le precedieron pero tuvo una vida cronológicamente corta como la mayoría de ellos, y también abarcó mucho. Tal vez le faltó piolín para dejar escritos más tangos. El teatro y el cine lo reclamaron y él prodigó su sonrisa de oreja a oreja y paseó sin retaceos su fealdad belmondiana (por Jean Paul Belmondo). 

En todos los frentes batalló con singular talento, demostró su capacidad de observación imbuida de color local: autor teatral, poeta, guionista de televisión y cine, actor. Creó personajes entrañablemente ligados a Buenos Aires y su gente. Entre ellos, "Cacho de la esquina" y "Los chantas". Sabía reírse de sí mismo: «No hago casi sombra.», decía cachadoramente, y ante la prohibición del faso (cigarrillo), cortaba los cigarrillos en dos con el anhelo de fumar menos. Anunció la crónica de su muerte por la televisión o en cuanto boliche le pidiera un poema. Solía recitar en El Viejo Almacén una poesía dedicada a sus hijos Sebastián y María Florencia. Sentenció que no lo iban a poder atar al jonca (ataúd). Su alma enfilaría hacia el Obelisco. 

El parte médico determinó que fue víctima de una pancreatitis aguda. En 1977, había soportado una tremenda intervención quirúrgica que minó sus reservas. Porteño hasta la médula, tanguero de ley, su primer tema lo escribió a los 16 años junto al músico Tito Ferrari, y lo tituló “Mi eterna cuna”. Este vals nos habla de su temprano mundo de ternura, forjado a golpes de poesía callejera. Julio Sosa grabó con la orquesta Francini-Pontier su tango “Pa’ que sepan cómo soy”. 

Algunos de sus temas son: “Volvamos a la vida”, “Bien de bute”, “A los muchachos de mi barrio”, “Muchachos, a mí no me cambia nadie”. (Publicado en Clarín el 21 de marzo de 1998. En la primer frase substituimos 1998 por 2008 y 20 años por 30.) Nota de dirección: Aroldi hizo el guión de 20 películas, entre 1964 y 1981, entre ellas una de las más destacada fue “El andador” (1967) -de la que también es autor-, dirigida por Enrique Carreras. Un dato curioso, en el film la pareja estelar fue Tita Merello y Jorge Salcedo. Tiempo después, esta obra se estrenó en el teatro con la misma protagonista y su autor, Norberto Aroldi, en el papel masculino. 

Otras películas: “Los muchachos de antes no usaban gomina” y “Amor libre” (ambas en 1969), “Amalio Reyes, un hombre”, también dirigida por Carreras, con la actuación protagónica de Hugo del Carril y “Con alma y vida”, de David Kohon (ambas en 1970), “En el gran circo” (1974). Asimismo, escribió el argumento de “Los chantas” (1975). 

Y actuó en varios films, el más recordado: “Con alma y vida” (con música de Ástor Piazzolla) , donde hace el papel principal junto a la actriz María Aurelia Bisutti, con la actuación especial de Beba Bidart. Su primer presentación en el cine fue en “Pobres habrá siempre”, en 1954. También hizo teatro y, a principios de los ’60, ganó una beca para viajar a Italia, donde se perfeccionó y conoció, además, al director Federico Fellini y a otros grandes creadores de Europa. 

También vivió en México, país donde inició su carrera de escritor y guionista.

Alfredo Le Pera


Poeta, periodista, autor teatral y cinematográfico (4 de junio de 1900 - 24 de junio de 1935) 


Nació en San Pablo (Brasil) y a la edad de dos meses se encontraba ya en Buenos Aires donde, más tarde, cursaría en el Colegio Nacional Mariano Moreno. 

Cumplida la enseñanza media, inició la carrera médica, pero la abandonó muy pronto para consagrarse al periodismo. Compartió, la página teatral de “Última Hora” con Julio F. Escobar; pasó luego a El Telégrafo y más tarde a El Mundo. En tanto, se iba acercando al teatro como autor de textos y diálogos revisteriles. A fines de 1928 Le Pera fue enviado por El Mundo a los Estados Unidos y Europa. De regreso, se vinculó a la empresa cinematográfica Artistas Unidos como autor de los llamados títulos sobreimpresos. 

De esa época data su primer tango, “Carillón de La Merced”, que estrenó Tania en el Teatro Victoria, de Santiago de Chile, y reestrenó en el “Cómico”, de Buenos Aires. En París, donde se radicó más tarde, Le Pera se reencontró con Carlos Gardel, que había cantado por primera vez en aquella ciudad el 30 de septiembre de 1928. 

El reencuentro, promovido por la empresa cinematográfica Paramount, se produjo en 1932, durante la tercera estancia de Gardel en la capital francesa, y Le Pera se convirtió en el autor de todas las películas que, a partir de entonces, rodaría el cantor, desde “La casa es seria” (Paramount, 1932), hasta el respectivo episodio de “The big broadcasting of 1936” (Paramount, 1935). Escribió, a partir de entonces, gran número de letras cantables, la mayoría de ellas para música de tango: son las que canta Gardel en sus películas. Le Pera trató de emplear, en sus letras, un lenguaje que resultara inteligible a todo el mundo hispanohablante, ampliando, de ese modo, la geografía del tango. Es cierto que Gardel, con su mímica, rompía las barreras del idioma. 

Como el de todo gran intérprete, su lenguaje era universal. Sin embargo, no por eso debe desestimarse la colaboración de Le Pera, quien, al impulsar al cantor más allá del cerrado localismo en que se desenvolvía la poética del tango, contribuyó a allanarle el camino de una extensa conquista. Ciertamente si no hubieran contado sus letras con la música y la voz de Gardel carecerían hoy de la popularidad y el prestigio que ostentan, pero no se trata de lo que pudo haber sido, sino de lo que es. 

Hoy no se repara en lo reiterativo de sus figuras, y aun de su léxico, para prestar atención a la nobleza de los sentimientos que canta, a la adorable nostalgia que impregna muchas de sus estrofas, al decoro del lenguaje y a la singularísima aptitud que permitió al autor de “Volver” reducir a una coiné muy expresiva y sobre todo inteligible a todo el mundo hispanófono el habla de Buenos Aires. 

Le Pera murió en Medellín (Colombia) el 24 de junio de 1935, en el mismo accidente que quitara la vida a su compañero Carlos Gardel.

Enrique Cadícamo


Poeta, escritor y autor teatral (15 de julio de 1900 - 3 de diciembre de 1999) Nombre completo: Enrique Domingo Cadícamo Seudónimos: Rosendo Luna y Yino Luzzi 


Nació en General Rodríguez, Provincia de Buenos Aires. Su primer libro de versos, “Canciones grises”, data de 1926. Aunque puesto bajo la advocación del Alighieri e impregnado de cierta melancolía verlainiana, no se exime de la nota tanguera: «El Pigall ha quedado desierto y bostezando, / enmudeció la orquesta sus salmos compadrones, / las rameras cansadas se retiran pensando / en sus lechos helados como sus corazones». 

Otros dos poemarios, de acento muy distinto pero de idéntica preocupación literaria, seguirían a éste: “La luna del bajo fondo” (1940) y “Viento que lleva y trae” (1945). Cadícamo ha publicado, además, una novela, “Café de camareras” (1969) y un libro de recuerdos, “El desconocido Juan Carlos Cobián” (1972). «Muchacho eterno —escribió León Benarós—, Cadícamo parece ir a contramano de los años. Conserva incólume su cabellera, de un rubio pálido, que se le hace cuadrada en la nuca con cierta abundancia a la moda juvenil... Usa corbatas claras —alguna vez le vimos una de cierto color amarillo sutil— y sus sacos deportivos le agregan juventud. 

Quiere olvidarse del tiempo, porque sabe que el tiempo —“oscuro enemigo que nos roe la sangre”, según el verso de Baudelaire—, se alimenta de nuestras ilusiones, de nuestra vida...» (Enrique Cadícamo, en Tanguera, nº 29, sin fecha). El primer tango de Cadícamo fue “Pompas de jabón”, con música de Roberto Goyheneche. Dice, al respecto, el especialista Jorge Favetto: «Grabado por Gardel en España, el 27 de diciembre de 1925, con el solo acompañamiento de José Ricardo y en sistema eléctrico, dado que en ese país se conoció ese sistema meses antes de instalarse en Buenos Aires. Primer tango que Gardel le grabó al poeta Enrique Cadícamo y principio de sus notables creaciones. 

Además le cupo a Enrique Cadícamo ser el autor del último tango que Gardel grabó en la Argentina, antes de emprender su última gira, el tango “Madame Ivonne”, grabado el 6 de noviembre de 1933. Luego, el día 7, a bordo del Conte Biancamano, se dirige a Francia y de allí a Nueva York, ciudad a la que llega el 22 de diciembre de 1933». A éste siguieron otros innumerables tangos —por lo menos 20 de ellos grabados por Gardel—, de méritos desiguales, pero sin concesión alguna a lo torpe y chabacano. 

En la tanguístíca de Cadícamo se encontrarán obras tan logradas como “Che papusa, oí” y “Anclao en París” y otras decididamente endebles como “Tu promesa” y “Al subir, al bajar” Sin embargo, toda la producción se distingue por un notable decoro literario, a continuación algunos ejemplos. “Compadrón”, tiene letra escrita para una música previa del pianista Luis Visca y fue difundido por Sofía Bozán, que por entonces realizaba una temporada en Rosario. “Che papusa, oí” data de 1927. 

Recuerda Víctor Soliño: «El primer disco de Alberto Vila no tenía que fallar. Sin embargo, las posibilidades de un impacto disminuyeron cuando Alberto expresó su deseo de que, como homenaje a los culpables de la aventura, su primer disco tenía que ser ateniense (se refiere a la Troupe Ateniense de Montevideo). Y eligió “Niño bien”. «No estábamos convencidos de que “Niño bien” tuviera los valores o el empuje necesarios como para significar un aporte estimable al éxito que se pretendía. Pensamos que era preciso reforzarlo. Matos Rodríguez —otro troupero de los primeros años— estaba radicado definitivamente en Buenos Aires. Era ateniense y era, además, el autor de “La cumparsita”. ¡Casi nada¡ A él le solicitamos ayuda. “Che papusa, oí”, con letra de Cadícamo fue el salvavidas que cayó providencial en medio del oleaje en que se debatían nuestras inquietudes y nuestros temores.» (“Mis tangos y los atenienses”, Montevideo, 1967, pp. 30 y 31). 

La letra de “Anclao en París” fue escrita por Cadícamo en Barcelona, en 1931. Se la remitió a Garlos Gardel, que por entonces se hallaba en Niza (en cuyo Casino había debutado el 15 de enero de aquel año). Guillermo Barbieri, uno de los guitarristas del cantor, le puso música y Gardel la grabó poco después. “Tres esquinas” alude al cruce de las calles Montes de Oca y Osvaldo Cruz, en el barrio de Barracas, y al café llamado "Tres esquinas", luego "Cabo Fels", situado en ese paraje. La letra fue escrita por Cadícamo en 1940, para una música previa de Ángel D’Agostino (la del tango inédito titulado “Pobre piba”). Lo estrenó, aquel año, Ángel Vargas, quien cantaba con la orquesta de D’Agostino. 

Otros tangos interesantes: “Muñeca brava”, con reminiscencias de algunos tangos de Celedonio Flores, escrita para una música de Luis Visca que había obtenido el 6º premio para tangos sin letra del 5º concurso de Max Glücksmann en 1928; “Cruz de palo”, grabada por Gardel el 1º de marzo de 1929; “De todo te olvidas”, que glosa unas famosas cuartetas de Evaristo Carriego —las tituladas “Tu secreto”, que integran los “Ofertorios galantes” de las “Misas herejes”— y obtuvo el 1º premio para tangos con letra en el 6º concurso de Max Glücksmann, realizado también en el Palace Theatre en 1929; “Niebla del Riachuelo”, cantada por Tita Merello en la película “La fuga”, de Luis Saslavsky, presentada en el cine Monumental el 28 de julio de 1937; “Pa’ que bailen los muchachos” y el monumental “Los mareados”, sobre música del tango “Los dopados”, de Juan Carlos Cobián y “Garúa”, estos últimos tres, grabados por Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino. 

Y así, podríamos seguir comentando títulos exitosos hasta extenuarnos en ese cometido. 
Sin dudas, Enrique Cadícamo fue uno de los autores más prolíficos de nuestra música popular.

Luis Cesar Amadori

Poeta (28 de mayo de 1902 - 5 de junio de 1977)
Como tantas otras familias italianas que vinieron a buscar fortuna en nuestra tierra, arribó a nuestro país a los cinco años de edad, proveniente de Pescara, su ciudad natal. En la Argentina se crió y educó, hasta llegar a cursar estudios universitarios en la ciudad de Córdoba, los que abandonó para dedicarse de lleno a su vocación de escritor y periodista.

Pero su nombre se destacó fundamentalmente en el cine, siendo uno de los directores cinematográficos más prolíficos y más exitosos, durante veinte años. Más precisamente, entre 1936 y 1955, principio y fin de su carrera en nuestro país. En 1936, dirige junto a Mario Sóficci, el primer film: "Puerto nuevo", cuyo elenco estaba encabezado por los cantantes Sofía Bozán y Charlo. Película de tono romántico, dentro de un contexto social acuciante, adornada con canciones y tangos.

En 1955, sus dos últimos largometrajes: "El barro humano", donde la estrella era su esposa, la popular actrizLuis C4esar Amadori Zully Moreno y "El amor nunca muere", film de tres episodios con la participación de los actores más destacados del momento. Durante el lapso mencionado, filmó setenta y ocho películas, donde alternó sin preocupaciones el melodrama, el humor, las comedias y un sinfín de números musicales.

Su mayor éxito, con varias reposiciones, fue "Dios se lo pague", con Zully Moreno, Arturo de Códoba y otros importantes actores. Esta vista tuvo la peculiaridad de ser elegida para participar en los premios Oscar de los Estados Unidos. Su estreno fue en marzo de 1949. Cuando ocurrió el golpe de Estado de 1955, que derrocó al presidente Juan Perón, su trayectoria se vio interrumpida. Junto a otros artistas fue cuestionado, permaneció preso unos días y finalmente, tuvo que emigrar hacia España, donde permaneció hasta 1970.

En su exilio filma dos grandes éxitos "La violetera" y "El último tango", ambas con la gran cantante y actriz española Sarita Montiel. Su sólida presencia en el cine, opacó primero e hizo olvidar después, la que fuera su primera y nunca abandonada actividad artística: el teatro. En la década del veinte fue periodista del vespertino "Última hora" y de la popular revista "Caras y caretas", en los que publicó reportajes a gente de teatro, lo que despertó su veta de libretista del género chico.

Aquellas sencillas comedias tenían argumentos que servían de excusa para presentar a los intérpretes más populares. Escribió una gran cantidad de obras para las decenas de salas dedicadas al género. Se representaba, por lo general, más de una obra por función y las temporadas eran reducidas, había que reponer permanentemente. En pocos años, Amadori llegó a ser director y luego propietario del Teatro Maipo que, junto al Teatro Nacional eran verdaderos templos de la lujosa "revista porteña" (género musical similar al "music-hall", con connotaciones costumbristas y picarescas y con referencias a la actualidad política).

Escribir para teatro lo llevó ineludiblemente a escribir también las letras de numerosas canciones, principalmente tangos. Dijo en un reportaje: «Como teníamos siempre en nuestra compañía una estrella que cantaba tangos -Azucena Maizani, Mercedes Simone y la más querida y recordada, para mí, Sofía Bozán-, empecé a escribir letras para tangos». Los primeros tangos los compuso junto a gente de teatro, tal el caso de Antonio Botta, habitual colaborador de Francisco Lomuto, o el de José González Castillo -padre de Cátulo Castillo-, o el de Ivo Pelay, siempre asociado a Francisco Canaro y el de Enrique Santos Discépolo, a quien conoció cuando se presentó en su teatro para ofrecerle "Esta noche me emborracho". Este tango fue inmediatamente estrenado por Azucena Maizani.

Con Discépolo se generó una sociedad creativa de la cual surgieron los tangos "Confesión", "Alma de bandonéon" y "Desencanto", y el vals "Tu sombra". Respecto a "Desencanto", fue cantado por Tania en la película "El pobre Pérez", con el cómico Pepe Arias, en el papel principal, y que dirigió el propio Amadori. Como primaba la ocasión, la obligación de escribir por necesidad, algunas veces la inspiración no estuvo presente en sus letras, pero quedó lo suficiente para considerarlo entre los importantes letristas del tango. Tuvo la virtud de escoger muy buenos músicos para la composición de su obra.

Con Francisco Canaro firma "Madreselva", "Yo también soñé", "De contramano", "Quisiera amarte menos", "Como te quiero", "Qué le importa al mundo" y otras. Con música de Charlo: "Tormento", "Cobardía", "Rencor" y "Viejas alegrías". Con Luis Rubistein: "Olvido". Con Alfredo Malerba: "Vendrás alguna vez". Con Rodolfo Sciamarella: "Quién hubiera dicho" y "Serenata".

Con Enrique Delfino: "Ventanita florida". Con Raúl de los Hoyos: "Fondín de Pedro Mendoza" y "Felisa Tolosa". Con Julio De Caro el vals "Nunca". Gardel le grabó cinco tangos: "Cobardía", "Confesión", "Fondín de Pedro Mendoza", "Madreselva" y "Rencor".

En algunas ocasiones Amadori utilizó el seudónimo de Leo Carter. El cinco de junio de 1977 fallece en su querida ciudad de Buenos Aires.

Héctor Gagliardi

viernes, 3 de septiembre de 2010

Poeta
(29 de noviembre 1909 - 19 de enero de 1984)
Nombre completo: Héctor Francisco Gagliardi
Este arquetípico porteño inicia su carrera a los comienzos de la década del cuarenta y de inmediato, gracias a la radio y a sus presentaciones en clubes y teatros, comienza a forjarse lo que con los años lo convirtió en un personaje de la mitología porteña.

Enrique Santos Discépolo

jueves, 2 de septiembre de 2010

Poeta, compositor, actor y autor teatral
(27 -03-1901 / 23 -12-1951)
Nombre de familia: Enrique Santos Discépolo
Hace unos años, en su ensayo Les assassins de la mémoire -un agudo estudio sobre el revisionismo neonazi en la Europa contemporánea-, el escritor francés Pierre Vidal-Naquet reprodujo la letra de "Cambalache", el tango emblemático de Enrique Santos Discépolo.

Homero Manzi

jueves, 29 de julio de 2010

Poeta y letrista
(1 de noviembre de 1907 - 3 de mayo de 1951)
Nombre completo: Homero Nicolás Manzione
Apodo: Barbeta
Manzi encarna, más que ningún otro, la presencia de la poesía en la letra del tango. Fue un poeta que no publicó ningún libro de poesías. El medio de su poética fue siempre la canción, desde los motivos camperos hasta la música urbana, en la que alcanzó su mayor realización. De esa manera gozó de inmensa popularidad, sin renunciar nunca a sus convicciones de poeta. Apeló a la metáfora, incluso surrealista, pero no avanzó demasiado por ese camino, que quizás hubiera dificultado la comprensión de su mensaje por el hombre común. No utilizó el lunfardo (argot de Buenos Aires) para expresarse, pese al compromiso popular de su obra literaria. A diferencia de otros grandes autores, sus letras no ofrecen crónicas de la realidad social ni imparten consignas morales. Sus versos suelen estar llenos de nostalgia, como el tango mismo. A través de ellos, Manzi arroja una mirada plena de ternura y compasión hacia los seres y las cosas. El barrio pobre, suburbano, es su gran escenario. Su tango "Sur", de 1948, con música del bandoneonista Aníbal Troilo, probablemente la obra suprema del género en aquella esplendorosa década, resume el sentido más profundo de su obra.

Homero Nicolás Manzione, como verdaderamente se llamaba, nació de madre uruguaya y padre argentino (se diría que como el propio tango) en Añatuya, un empalme ferroviario de Santiago del Estero, una casi desértica provincia del noroeste argentino, el 1º de noviembre de 1907. Allí probaba fortuna su padre como discreto hacendado rural. Con siete años Homero ya estaba radicado en Buenos Aires, para comenzar su educación en el colegio Luppi, del humilde y alejado barrio de Pompeya. Cada elemento de aquel paisaje -desde el largo paredón que recorría camino de la escuela hasta el terraplén del ferrocarril, en una mágica reunión de ciudad y pampa- quedará capturado en algunas de sus letras posteriores, como la de "Barrio de tango" (de 1942) y la de "Sur".

El vals "¿Por qué no me besas?", de 1921, fue su primer y olvidada pieza, con música de Fracisco Caso, quien años después vincularía a Manzi con Troilo. Nacería así uno de los más lúcidos binomios autorales del tango. La prematura muerte del poeta, abatido por un cáncer el 3 de mayo de 1951, fue llorada por Troilo con "Responso", un conmovedor tango instrumental. Este mismo músico genial y un Manzi agonizante habían rendido tributo a otro letrista fundamental, Enrique Santos Discepolo, con otro tango antológico: "Discepolín". Este moriría del corazón antes de concluir ese mismo año.

Un aporte decisivo de Manzi a la música rioplatense fue el remozamiento y la jerarquización de la milonga, género que convive con el tango como un testimonio de sus orígenes. Junto con el pianista Sebastián Piana escribió grandes clásicos, como "Milonga sentimental", "Milonga del 900" y "Milonga triste". Piana y Manzi son autores, además, de tangos tan prominentes como "El pescante" y "De barro", y de un vals de singular belleza: "Paisaje", sin olvidar a "Viejo ciego", cuyas notas -posteriores al poema- fueron puestas por Piana y Cátulo Castillo.

Otra vertiente particular en la obra de Manzi fue su mimetización con la fiebre romántica que contrajo el tango en los años '40, tendencia a la que legó piezas de extraordinario valor, como "Fruta amarga", "Torrente", "Después", "Ninguna" o "Fuimos". En este último, escrito con el inspiradísimo bandoneonista José Dames, Manzi construye un poema de imágenes enormemente audaces ("Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida...") para una canción popular, y, de hecho, "Fuimos" cautivó al público y a los intérpretes, quedando instalado como un paradigma del tango elaborado y estéticamente ambicioso.

De la extensa y rica producción de Manzi deben, como mínimo, destacarse un puñado de tangos sobresalientes, no en pequeña medida debidos a la calidad de los músicos que este poeta eligió como compañeros de creación. Ninguna antología del tango puede olvidar "Monte criollo", con Francisco Pracánico; "Abandono", con Pedro Maffia; "Malena", "Solamente ella", "Mañana zarpa un barco" y "Tal vez será mi alcohol" (que la censura obligaría a convertir en "Tal vez será su voz"), con Lucio Demare; "Recién", con Osvaldo Pugliese; "En un rincón", con Héctor María Artola; "Fueye", con el cantor Charlo; "Manoblanca", sobre una antigua página de Antonio De Bassi; los valses "Romántica", con Félix Lipesker y "Romance de barrio", con Troilo, y sobre todo dos tangos definitivos: "El último organito", con su hijo Acho, y "Che, bandoneón", con Troilo.

Los 44 años que vivió Manzi le alcanzaron también para ejercer el periodismo y la cátedra, para incursionar profusamente en el cine y para una intensa y azarosa militancia gremial y política, que concluyó con su adhesión al peronismo. La letra de tango fue, sin embargo, su verdadero elemento, y es hoy la que lo mantiene vivo.

Cátulo Castillo

Poeta
(6 de agosto de 1906 - 19 de octubre de 1975)
Nombre completo: Ovidio Cátulo González Castillo
Cátulo Castillo recorrió con sus letras los temas que siempre obsesionaron al tango: la dolorosa nostalgia por lo perdido, los sufrimientos del amor y la degradación de la vida. No tuvo en cambio espacio para el humor ni para el trazo despreocupado, y tampoco para el énfasis rítmico de la milonga. La palabra "último" figura en varios de sus títulos, como dando testimonio de ese desfile de adioses que atraviesa sus letras, donde hay siempre compasión por quienes padecen y un frecuente recurso al alcohol como fuga. Cátulo no se dio, como letrista, un perfil definido, en lo cual se parece más a Enrique Cadícamo que a Homero Manzi. No alcanza a menudo la calidad poética de éste ni el lacerante poder de observación de Enrique Santos Discépolo, pero enalteció al género con una obra vasta e influyente, siendo también notable su aporte como compositor.

Aunque su obra de músico no sea la que nos ocupa en esta semblanza, es justo recordar que, en su juventud, Cátulo concibió páginas de gran hermosura, varias de las cuales llevaron letra de su padre, José González Castillo, talentoso comediógrafo y dramaturgo de ideas anarquistas, que hasta debió exiliarse por unos años en Chile, llevando a su pequeño hijo, para escapar de la represión. Tangos como el imperecedero "Organito de la tarde" (que concibió cuando contaba 17 años), "El aguacero", "Papel picado", "¡El circo se va!" y "Silbando" (en colaboración con Sebastián Piana) dan cuenta del único caso de semejante comunión creadora entre padre e hijo en la historia del género. También con otros letristas escribió páginas trascendentes, como "La violeta", con el poeta Nicolás Olivari; "Corazón de papel", con Alberto José Vicente Franco, o "Viejo ciego", con Manzi (y en colaboración con Piana), entre otras. Un dato asombroso es que Cátulo haya podido ser, al mismo tiempo que inspirado músico y poeta, un boxeador de renombre, que llegó a conquistar el título de campeón argentino de peso pluma.

El compromiso político con los explotados inspiró una de sus obras tempranas, "Caminito del taller". Ese tango, que Carlos Gardel grabó en 1925, le pertenece a Cátulo en letra y música. Describe en él, con enorme sensibilidad, el triste destino de una costurerita enferma, a la que observa pasar rumbo al trabajo en las mañanas invernales con su fardo de ropas. Así como creó con ésta una composición clave dentro del tango de protesta social, Cátulo también aportaría obras emblemáticas para otras tesituras.

Tal el caso de "Tinta roja", de 1941, con música de Piana, donde se funden en la añoranza el barrio y la propia infancia. "¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se llevó mi niñez?", pregunta su protagonista. De ese mismo año, y de la misma pareja autoral, es "Caserón de tejas", un hermoso vals que llora las mismas pérdidas y, dentro del repertorio de compás ternario, es también una obra sobresaliente.

De otro carácter es "María", con música de Aníbal Troilo, creado en 1945. Poema intensamente romántico, que evoca un amor encerrado entre dos otoños, puede ser elegido para representar toda aquella corriente sentimental que bañó al tango durante la década de los '40, con influencia del bolero y con el papel protagónico del cantor de orquesta, que seducía al público femenino con su voz, sus temas y su estampa. Aunque el amor sigue siendo fuente de penas y sinsabores, ya no hay en estas historias perversidad ni traiciones. Su lugar suele tomarlo el misterio: "Un otoño te fuiste, tu nombre era María, y nunca supe nada de tu rumbo infeliz...", versea Cátulo.

Aunque haya sido un letrista decisivo en aquellos años, el liderazgo poético del género lo alcanzaría recién en la década del '50. Es preciso recordar que en 1951 murieron Discépolo y Manzi, que Cadícamo había reducido mucho su producción, como también ocurrió con José María Contursi, y que sólo Homero Expósito, entre los máximos nombres de las letras tangueras, intentaba renovarse a sí mismo, aunque su mejor inspiración ya había pasado. Claramente, fue Castillo quien dominó el panorama y tuvo el mérito de abrir nuevos caminos, que sin embargo se irían borroneando con la declinación que sufrió el tango desde finales de aquella década. Por otro lado, los vanguardistas, con la magna excepción de Astor Piazzolla, concentraban su interés en el tango instrumental.

Aunque Cátulo siguió escribiendo en la línea evocativa, con tangos como "Patio mío", "Patio de la morocha" o "El último farol", lo mejor de su nueva producción no estuvo allí. Cerca ya de sus cincuenta años, sus letras comienzan a expresar una actitud desesperada ante la vida. Es con esos tangos de la desesperación, impregnados de sensualidad y de filosofía, que construye el último apogeo poético del género, irguiéndose por encima de sus contemporáneos. "La última curda", de 1956, con música de Aníbal Troilo, es probablemente el tango cantado más trascendente de esa década. Como había hecho Manzi en 1950 en "Che, bandoneón" y otros letristas en tantas otras piezas anteriores, Castillo dialoga con ese fuelle de "eco funeral" donde residen los secretos del tango y de la existencia. Olvido, condena, fracaso, alcohol, aturdimiento son los elementos de esa conversación sombría, que define a la vida como "una herida absurda". Las versiones iniciales que grabó el cantor Edmundo Rivero, en 1956 con Troilo y en 1957 con Horacio Salgán, son de una rara perfección. Una lectura diferente pero asimismo memorable es la registrada en 1963 por Roberto Goyeneche, también con Troilo.

Otros tangos fundamentales de aquella etapa fueron "Una canción" (1953), con música de Troilo; "Anoche" (1954), con Armando Pontier, y "Perdóname" (1954), con Héctor Stamponi, tres obras mayúsculas que motivaron excelentes versiones (por voces tan destacadas como las de Alberto Marino, Horacio Deval, Charlo, Jorge Casal, Pablo Moreno u Oscar Alonso, entre otras). El drama de los inmigrantes italianos le inspiró piezas de gran relieve, como "Domani" (1951), con Carlos Viván, y "La cantina" (1954), con Troilo. Ya en los años '60 forjó importantes éxitos con el áspero "Desencuentro" (1962), con Troilo, y el más convencional "El último café", con Stamponi.

Con estas menciones no se agota la extensa obra creativa de Cátulo Castillo. Para evitar que queden innombrados en esta semblanza, citamos otro número de excelentes tangos con los que enriqueció los mejores repertorios: "Se muere de amor" (con Pedro Maffia), "Color de barro" (Anselmo Aieta), "Dinero, dinero" y "Malva" (Enrique Delfino), "La madrugada" (Angel Maffia), "Te llama mi violín" (Elvino Vardaro), "Una vez" (Osvaldo Pugliese), "Naná" (Emilio Barbato), "Para qué te quiero tanto" (Juan Larenza), "Rincones de París" y "Volvió a llover" (Osmar Maderna), "Burbujas" (Carlos Figari), "Maleza" (Enrique Munné), "Pobre Fanfán" (Delfino/Barbato), "Ventanal" (Atilio Stampone), "Tango sin letra" (Venancio Clauso) y "Sin ella" (Charlo). La amplia y sobresaliente nómina de compositores con los que colaboró confirma el compromiso de Cátulo con el mejor tango.

Pascual Contursi

martes, 29 de junio de 2010

Poeta, autor teatral y cantor aficionado.
(18 de noviembre de 1888 – 29 de mayo de 1932)
La letra de tango fue su creación, y con ella convirtió al tango en la canción sentimental de Buenos Aires. Le introdujo temas humanos de validez universal -la nostalgia, la melancolía, las frustraciones del amor, la ambición, la codicia, la decadencia y la injusticia-, aunque su universo específico fuera el de la vida prostibularia, con sus rufianes y rameras. En aquellas primeras décadas del siglo XX, el aluvión inmigratorio había traído a centenares de miles de hombres solos, que alimentaron un enorme mercado del sexo.

Trascendiendo a las letrillas livianas y picarescas del tango primitivo, Contursi, radicado por entonces en Motevideo, la capital del Uruguay, estableció entre 1914 y 1915 las nuevas coordenadas poéticas del género, que incluyeron como particularidad -en algunos casos- el relato de todo un argumento, desarrollado en unos pocos versos. Tal el caso de "De vuelta al bulín", que escribió en el '14 sobre notas musicales del pianista José Martínez. Contursi solía adosarles letras a tangos instrumentales de esa época, posteriormente identificada como "la Guardia Vieja".

Uno de esos casos fue el de "Lita", pieza del pianista Samuel Castriota, que con las estrofas de Contursi pasó a llamarse "Mi noche triste".

Hay cierto consenso en considerar a éste el primer tango canción, aunque de hecho no lo fue. Sin embargo, por su hondura, por la audacia de sus metáforas y por el perfecto encastre de los versos en la música tuvo la virtud de ser el heraldo de una nueva época para el tango. Fue también crucial que Carlos Gardel lo grabase en 1917, y que un año después se convirtiera en la gran atracción de una pieza teatral. En general, la relación con Gardel fue clave en la proyección de Contursi, porque halló así al óptimo intérprete de sus obras.


Nació en Chivilcoy, una ciudad rural de la fértil pampa argentina, 170 kilómetros al oeste de Buenos Aires, pero su familia se trasladó a los pocos años a la capital, estableciéndose en el antiguo y humilde barrio de San Cristóbal. Desde la adolescencia se sintió atraído por la vida artística. Escribía poemas y entonaba, acompañándose en guitarra, sus propias canciones. Y precisamente así dio a conocer "Mi noche triste", cantándolo por primera vez en el cabaret Moulin Rouge, de Montevideo. Este local era propiedad de Emilio Matos, padre de Gerardo Hernán Matos Rodríguez, compositor de "La cumparsita".

Esta pieza, que con un agregado del pianista Roberto Firpo se transformaría en el más famoso de todos los tangos, también recibió una letra de Contursi, escrita en colaboración con Enrique Pedro Maroni. Nacía así, en 1924, el tango "Si supieras", para enojo de Matos Rodríguez, que al año siguiente escribió, como pudo, otra letra, reponiendo el nombre original, que ya nadie alteraría. En todo caso, la de Contursi-Maroni fue la más frecuentada, cayendo casi en el olvido la de Matos, aunque también hay que decir que en aquellos flojos versos hay muy poco de Contursi.

Volviendo atrás en el tiempo, el letrista aprovechó una actuación montevideana del dúo que integraban Carlos Gardel y José Razzano para acercales "Mi noche triste", que el primero cantó en el teatro Urquiza de la capital uruguaya, para después estrenarlo en Buenos Aires en el teatro Esmeralda. Pero el impacto no fue inmediato, como suele ocurrir con las obras renovadoras. El verdadero éxito le llegó cuando en 1918 fue incluido en "Los dientes del perro", una pieza ligera de José González Castillo y Alberto Weisbach, cantado por Manolita Poli, una actriz de 19 años, hija de padres zarzueleros.

El suceso de su tango impulsa a Contursi a regresar a Buenos Aires, donde se dedica de lleno a la creación teatral, en colaboración con otros autores exitosos del momento. Produce así una serie de sainetes y piezas atractivas para el público, pero que no perdurarán. En los argumentos de las obras intercalaba tangos de su autoría.

Contursi viajó a Europa en 1927, para residir sucesivamente en España y en Francia. Recién volvería en 1932 a Buenos Aires, pocos días antes de morir, en un patético regreso, perdida la razón. Gardel fue uno de quienes en París se encargaron a repatriarlo. En esa ciudad había escrito en 1928, con música de Juan Bautista Deambroggio "Bachicha", uno de sus tangos más conmovedores: "Bandoneón arrabalero", que muestra, quizá como ninguno hasta entonces, la profunda relación afectiva entre dos abandonados: un hombre y un fuelle. Excepcional también es "Pobre paica", que en 1914 ideó para la música de "El motivo", del pianista Juan Carlos Cobián, en el que Contursi se conduele del drama de una prostituta, abatida por el tiempo y la enfermedad.

Filoso, crítico y sarcástico en "Champagne tangó" (música de Manuel Aróztegui), "Ivette" (Julio Roca) y "Flor de fango" (Augusto Gentile), todos de 1914, Contursi no mantendría siempre ese nivel. Quizá deba mencionarse, entre el resto de su producción, al burlesco "La mina del Ford", de 1924 (con Fidel del Negro y Antonio Scatasso), pero sobre todo a "Ventanita de arrabal" (con Scatasso), que escribió en 1927 para su sainete "Caferata" (término lunfardo que designaba al proxeneta).
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